Educar desde los PRINCIPIOS y no desde las ÓRDENES
Cómo conseguir que los valores hagan el trabajo que hoy hacen los gritos, los castigos y las repeticiones constantes.
Hay una escena que se repite una y otra vez en mi consulta.
Madres frustradas.
Padres agotados.
Abuelos desbordados.
Profesores que sienten que cada día les cuesta más motivar, poner límites y encontrar la colaboración de sus alumnos.
Educadores que aman profundamente su profesión, pero que muchas veces tienen la sensación de trabajar solos, porque aquello que intentan construir en el aula no encuentra continuidad en casa.
Líderes de equipos y empresarios que sienten que, por más veces que explican cómo quieren que se hagan las cosas, sus colaboradores vuelven una y otra vez a los mismos errores.
En definitiva, personas que tienen la sensación de haberse convertido en recordadores permanentes de tareas, como si gran parte de su energía se fuera en repetir una y otra vez aquello que ya debería formar parte de la forma de actuar de quienes tienen delante.
Mientras me cuentan lo que ocurre, las frases empiezan a repetirse como si todas hubieran salido del mismo lugar:
"Tengo que decirle veinte veces al día que recoja la ropa."
"No entiendo cómo puede dejar la toalla mojada tirada en el baño todos los días."
"Estoy cansada de recordarle que vacíe el lavavajillas."
"Le hemos explicado mil veces que no puede dejar los zapatos en medio del pasillo."
"Llevamos años diciéndole que estudie y parece que cada vez hace menos."
"No valora el esfuerzo que hacemos para comprarle las cosas. Las rompe, las pierde o las deja tiradas por cualquier sitio."
"Siempre pone los pies sobre el sofá, aunque sabe perfectamente que en casa no lo hacemos."
"No consigo que deje el móvil por las noches. Tengo que enfadarme muchísimo para que me haga caso… y al cabo de dos días volvemos a empezar."
"Llego agotada del trabajo y todavía tengo que perseguirle para que meta una simple taza en el lavavajillas."
"Su habitación parece una leonera. No ventila, no ordena y parece que todo le da igual."
"Sé que fumar le está haciendo daño, pero ya no sé qué hacer. He probado con el cariño, con las buenas palabras, con las amenazas, con los castigos… y nada funciona."
"He repetido mil veces al equipo cuál es el protocolo de atención al cliente y, sin embargo, cada uno sigue haciéndolo a su manera."
"A pesar de haberlo explicado con calma, de buenas maneras y de que todos parecían estar de acuerdo en la reunión, sigo encontrándome correos de clientes sin responder dentro de los plazos que habíamos establecido."
"Parece que, si yo no estoy delante, la ropa vuelve a acabar arrugada dentro del armario, a pesar de haberle explicado lo cansado que es para mi planchar”
Mientras escucho todas estas historias, hay una pregunta que aparece una y otra vez:
¿Por qué tengo que repetir siempre lo mismo?
El objetivo de la educación y del liderazgo no es conseguir obediencia cuando estamos presentes. Es ayudar a que las personas actúen guiadas por principios cuando ya no necesitan que nadie se los recuerde ~ Cuti Loureiro ~

Es comprensible que, después de meses o incluso años viviendo situaciones como estas, aparezcan el cansancio, la frustración e incluso la desesperanza.
Y, casi sin darnos cuenta, dejamos de describir lo que la otra persona hace para empezar a interpretar por qué lo hace.
Aparecen Interpretaciones, como:
«Me está tomando el pelo».
Después llegan los Juicios:
«No lo hace porque no le da la gana».
«Parece que disfruta fastidiándome».
Y, con el tiempo, esos juicios terminan convirtiéndose en Etiquetas o Diagnósticos sobre la persona:
«Es un irresponsable».
«Es un vago».
«Es un desagradecido».
«Es un maleducado».
«No tiene ningún respeto por los demás».
Sin darnos cuenta, dejamos de hablar de una conducta concreta y empezamos a definir la identidad de la persona.
Y ese cambio lo transforma todo. Porque cuando creemos que el problema es que nuestro hijo, nuestro alumno o nuestro colaborador es irresponsable, vago o desagradecido, centramos toda nuestra energía en corregirlo y dejamos de preguntarnos qué está sosteniendo ese comportamiento.
Me he dado cuenta que, en la mayoría de los casos, no estamos ante un problema de inteligencia. Tampoco de memoria. Y casi nunca de mala voluntad.
Muchas veces estamos intentando cambiar una conducta sin haber construido antes los principios, los valores, las habilidades y los acuerdos que deberían sostenerla.
Y aquí es donde, en mi opinión, merece la pena detenernos. Porque si realmente queremos dejar de repetir las mismas órdenes una y otra vez, quizá la pregunta ya no sea: ¿Cómo consigo que haga esto?.
La pregunta empieza a ser otra muy diferente: ¿Qué principio quiero que guíe esa conducta?
Para entenderlo, conviene distinguir dos conceptos que muchas veces utilizamos como si fueran sinónimos:
👉Un VALOR es aquello que consideramos importante en nuestra vida.
👉Un PRINCIPIO es la forma concreta en la que ese valor se convierte en una guía para decidir y actuar.
Los valores responden a la pregunta: ¿Qué es importante para nosotros?
Los principios responden a otra muy distinta: ¿Cómo queremos vivir ese valor en nuestro día a día?
Los valores responden al por qué. Los principios responden al cómo.
Por ejemplo, si para una familia el RESPETO es un valor importante, un principio podría ser:
"En esta casa procuramos no hacer ruido cuando los demás están descansando."
Si el valor es la RESPONSABILIDAD, el principio podría ser:
"Cada uno se hace cargo de las consecuencias de sus decisiones y colabora en el cuidado y mantenimiento de aquello que utiliza."
Si el valor es el COMPROMISO, un principio podría ser:
"Respondemos a los mensajes y correos en el tiempo acordado porque detrás de cada uno de ellos hay una persona que merece respeto y atención."
Si el valor es la HONESTIDAD, un principio podría ser:
"Cuando cometemos un error, lo reconocemos, aprendemos de él y buscamos la mejor manera de repararlo."
Y si el valor es la GRATITUD, el principio podría expresarse así:
"En esta familia reconocemos y agradecemos, con nuestras palabras, el esfuerzo que hacen los demás para cuidar de nosotros y contribuir a nuestro bienestar."
Fíjate en un detalle importante. No basta con sentir gratitud en silencio. Tampoco con pensar: "Ya sabe que se lo agradezco." Los seres humanos necesitamos sentirnos vistos. Necesitamos que nuestro esfuerzo sea reconocido. Cuando ponemos palabras al agradecimiento, no solo fortalecemos el vínculo con la otra persona; también favorecemos que esa conducta quiera repetirse. El reconocimiento sincero tiene la capacidad de hacer que el otro se sienta valorado, útil y con más ganas de seguir contribuyendo al bienestar común.
Con demasiada frecuencia damos por hecho lo que los demás hacen bien y solo hablamos cuando hay algo que corregir. Sin darnos cuenta, convertimos el error en protagonista y el esfuerzo en invisible. Educar desde los principios también significa aprender a nombrar aquello que queremos que siga creciendo ~ Cuti Loureiro~
📖 Si quieres profundizar sobre este tema, he escrito un artículo específico donde explico qué son los valores, cómo se construyen y por qué nuestra historia personal influye tanto en ellos.
Pero, para el objetivo de este artículo, basta con entender una idea muy sencilla: Las conductas, por sí solas, apenas tienen fuerza para mantenerse en el tiempo. Los principios, en cambio, sí.
Pensemos en un ejemplo muy cotidiano:
Imaginemos a un adolescente que tiene la habitación constantemente desordenada. Nunca ventila. La ropa termina acumulada sobre una silla, los libros aparecen mezclados con vasos y envoltorios de comida y, con el tiempo, no solo la ropa acaba deteriorándose, sino también muchos de los objetos que hay en la habitación.
La mayoría de los padres empieza diciendo: "Recoge la habitación", "Abre la ventana”, "Haz la cama”, "Ordena el armario”
Es decir, damos órdenes sobre conductas concretas. Sin embargo, antes de hacerlo, podríamos preguntarnos: ¿Qué quiero enseñar realmente?
Porque, dependiendo de la respuesta, los valores pueden ser diferentes.
Quizá para esa familia el valor más importante sea el respeto hacia los espacios que compartimos.
Quizá sea la responsabilidad, entendiendo que cada uno se hace cargo del entorno que utiliza.
Quizá sea el cuidado, aprendiendo a conservar aquello que tenemos.
Quizá sea el orden, porque facilita la convivencia y aporta bienestar.
O quizá sea la disciplina, entendida como la capacidad de hacer aquello que sabemos que nos hace bien, incluso cuando no nos apetece.
Una vez identificado el valor, llega el momento de convertirlo en un principio
💡Por ejemplo:
✨ Valor: Respeto.
👉 Principio: "En esta casa dejamos los espacios comunes y personales mejor de como los encontramos."
✨Valor: Cuidado
👉 Principio: "Cuidamos nuestras cosas porque detrás de cada una de ellas hay tiempo, esfuerzo y trabajo."
✨Valor: Responsabilidad.
👉 Principio: "Cada uno es responsable del espacio que utiliza y contribuye al bienestar de quienes conviven con él ”
✨Valor: Orden.
👉 Principio: "Cada cosa tiene un lugar para que podamos encontrarla y disfrutarla cuando la necesitemos."
Fíjate en la diferencia:
La orden dice: "Recoge tu habitación."
El principio dice: "En esta familia cuidamos los espacios que habitamos porque cuidar nuestro entorno también es una forma de cuidarnos a nosotros mismos y de respetar a quienes conviven con nosotros."
Y eso cambia completamente la conversación. Ya no estamos hablando únicamente de una habitación.
Estamos formando una manera de mirar la vida.
Las habitaciones no se ordenan para que los padres estén tranquilos. Se ordenan para aprender a cuidar aquello que algún día será también nuestra responsabilidad cuando nadie tenga que recordárnoslo ~ Cuti Loureiro ~

ESTE ARTÍCULO CONTINÚA…
En este artículo hemos hablado de la diferencia entre órdenes, principios y valores. Pero queda una pregunta apasionante:
¿De dónde nacen nuestros valores?
¿Por qué hay personas para las que la libertad es irrenunciable, mientras que otras sienten que la justicia, la responsabilidad o la gratitud son lo más importante?
En el siguiente artículo exploraremos cómo se construyen los valores, qué papel tienen nuestra infancia y nuestra historia familiar, y por qué comprenderlos cambia profundamente nuestra forma de educar, liderar y relacionarnos.
Sobre Cuti Loureiro
Soy terapeuta en Psicosomática Clínica y Humanista, Kinesiología Holística y acompañamiento emocional. Trabajo desde Vigo y también online, acompañando a hombres y mujeres que desean reconectar con su cuerpo, su alma y su propósito vital.
En cada sesión integro herramientas como la kinesiología holística, la terapia familiar sistémica, las constelaciones familiares y el enfoque energético y espiritual, facilitando procesos de sanación profunda y transformación interior.
