¿De dónde salen nuestros valores? La brújula invisible que dirige nuestra vida
Qué son, cómo se construyen y por qué nuestra historia personal y familiar influye tanto en ellos
En el artículo anterior hablábamos de la importancia de educar desde los principios y no desde las órdenes. Pero mientras lo escribía me parecía inevitable que apareciera otra pregunta:
¿De dónde salen nuestros valores?
¿Por qué para una persona la libertad es absolutamente irrenunciable y otra necesita, por encima de casi todo, seguridad?
¿Por qué alguien puede perdonar muchas cosas, pero vive una deslealtad como algo insoportable?
¿Por qué para una persona llegar diez minutos tarde apenas tiene importancia y para otra supone una enorme falta de respeto?
¿Por qué algunos necesitamos sentirnos independientes, otros valoramos profundamente el compromiso y otros tenemos una sensibilidad especial hacia la justicia, la humildad, la generosidad, el orden o la honestidad?
Tendemos a pensar que simplemente somos así. Pero quizá merezca la pena preguntarnos algo más:
¿Por qué esto es tan importante para mí?
Porque nuestros valores no aparecen de la nada.
Los valores son mucho más que palabras bonitas
Cuando hablamos de valores podemos pensar rápidamente en una lista: respeto, libertad, honestidad, familia, justicia, compromiso, responsabilidad…
Pero un valor no es una palabra bonita que elegimos porque nos gusta cómo suena.
Los valores orientan y motivan nuestra conducta. Nos ayudan a establecer prioridades y condicionan muchas de las decisiones que tomamos.
Podríamos imaginarlos como las grandes columnas de una casa. Hay tabiques que podemos mover, tirar y volver a construir sin comprometer el edificio.
Pero también existen pilares estructurales. Tocarlos significa tocar algo mucho más profundo.

Con nuestros valores ocurre algo parecido.
Por eso existen personas que han estado dispuestas a perder dinero, relaciones, libertad e incluso la propia vida antes que traicionar aquello que consideraban fundamental.
Porque cuando sentimos que alguien amenaza uno de nuestros valores esenciales, no siempre vivimos la situación como una simple diferencia de opinión. Podemos sentir que está amenazando una parte de aquello que somos.
También me gustaría transmitirte una idea importante: no todos ordenamos nuestros valores de la misma manera. Los valores tienen una jerarquía.
Podemos considerar importantes la familia, la libertad, la seguridad, el éxito, la honestidad, la justicia y el compromiso, pero eso no significa que todos tengan el mismo peso.Y aquí empieza lo verdaderamente interesante. Porque esa jerarquía es profundamente personal.
Para alguien puede ser:
Familia → Seguridad → Compromiso → Libertad.
Y para otra persona:
Libertad → Autonomía → Desarrollo personal → Familia.
Ninguna lista explica por sí sola quién es mejor persona, explica qué prioriza cada una cuando dos valores entran en conflicto.
Para construir nuestras prioridades han influido nuestra familia, nuestra educación, las experiencias que hemos vivido, el contexto social, la cultura, las condiciones materiales e históricas e incluso la comunidad religiosa o espiritual a la que pertenecemos.
Una persona criada en España puede haber aprendido una determinada manera de entender la familia, la independencia o el trabajo que no necesariamente coincidirá con la de alguien criado en Senegal, Japón o Estados Unidos.
Incluso dentro de una misma ciudad, dos familias pueden transmitir jerarquías de valores completamente diferentes. Por eso, muchas discusiones que parecen hablar de horarios, dinero, educación, fidelidad, trabajo o hijos están hablando, en realidad, de dos jerarquías de valores intentando convivir.
Valores y antivalores
Los valores también tienen una polaridad: pueden expresarse de una manera positiva o negativa. Cuando hablamos de esa polaridad negativa, hablamos de antivalores.
Un antivalor es una forma de pensar o actuar que se opone a aquello que consideramos valioso y que, normalmente, dificulta la convivencia o el bienestar.
Por ejemplo, frente a la honestidad estaría el engaño; frente al respeto, el desprecio; frente a la responsabilidad, la irresponsabilidad; y frente a la justicia, la injusticia.
Me gustaría recomendarte que no utilices esta clasificación para etiquetar a las personas. Una persona no es un antivalor. Puede tener una conducta contraria a aquello que nosotros consideramos valioso. Separar a la persona de su conducta nos ayuda a comprender mejor, juzgar menos y relacionarnos de una manera más consciente.
Muchos de nuestros valores los construye el inconsciente con todo aquello que quedó grabado en nuestra historia infantil y transgeneracional."
~ Cuti Loureiro ~
A veces convertimos en valor aquello que un día necesitamos y no tuvimos.
Cuando somos pequeños dependemos de nuestras figuras de apego para cubrir muchas necesidades que todavía no podemos satisfacer solos.
Necesitamos protección, mirada, reconocimiento, pertenencia, seguridad, autonomía, afecto, límites, escucha, respeto…
Y no siempre recibimos todo aquello que necesitamos.
Imagina un niño constantemente comparado con sus hermanos:
"Tu hermano sí que estudia."
"Mira qué responsable es tu hermana."
"A ver si aprendes de él."
Quizá ese niño llegue a adulto con una sensibilidad enorme hacia la justicia y la igualdad de trato.
O una niña a la que nadie escuchaba cuando intentaba explicar cómo se sentía.
Puede que de adulta la escucha se convierta en uno de sus valores fundamentales.
O alguien que creció sintiendo que el cariño dependía de hacerlo todo bien.
Quizá hoy valore profundamente la aceptación, precisamente porque sabe lo que duele sentir que uno tiene que merecer el amor.
A veces convertimos en un valor aquello que un día echamos profundamente de menos.
Pero también podemos valorar aquello que tuvimos en exceso
Y aquí aparece algo aparentemente contradictorio.
No siempre construimos nuestros valores alrededor de lo que nos faltó.
También podemos hacerlo alrededor de aquello que vivimos en exceso.
Imagina una madre tremendamente protectora que, desde el amor y probablemente desde sus propios miedos, controlaba constantemente dónde estaba su hija, con quién salía, qué hacía y qué decisiones tomaba.
Quizá aquella niña no tuvo una carencia de presencia.
Tuvo una presencia que dejaba poco espacio para desarrollar autonomía.
Y puede que, cuando llegue a adulta, la libertad se convierta en uno de sus valores más importantes.
Por eso dos personas pueden defender exactamente el mismo valor y, sin embargo, haber llegado hasta él recorriendo historias completamente diferentes.
Nuestra historia no empieza necesariamente el día que nacemos
También nacemos dentro de una familia que ya existía antes de nosotros.
Una familia con historias de amor, abandonos, pérdidas, sacrificios, pobreza, migraciones, infidelidades, silencios, injusticias, éxitos, secretos y maneras particulares de entender la vida.
Parte de esa herencia se transmite de una manera muy evidente: mediante lo que nuestros padres dicen, lo que hacen, aquello que temen, lo que premian, lo que castigan y las historias familiares que escuchamos desde pequeños.
Existe además investigación sobre mecanismos epigenéticos relacionados con cómo determinadas experiencias ambientales pueden influir biológicamente entre generaciones. Sin embargo, debemos ser prudentes: hoy no podemos afirmar que una experiencia concreta de un antepasado determine directamente un valor específico en sus descendientes.
Desde una lectura transgeneracional, sin embargo, podemos utilizar esas historias como una interesante pregunta terapéutica.
Imagina que un abuelo dejó embarazada a una mujer y desapareció de su vida.
Décadas después, uno de sus nietos puede considerar que el compromiso, la fidelidad y la lealtad son absolutamente irrenunciables.
Podríamos preguntarnos:
¿Cuánto de esta necesidad pertenece únicamente a mi historia y cuánto puede estar relacionado con la historia que aprendí, explícita o implícitamente, dentro de mi familia?
Pero también podría suceder aparentemente lo contrario.
Ese nieto podría repetir relaciones en las que evita comprometerse, desaparece cuando aparece demasiada intimidad o vive la fidelidad como algo poco importante.
Una lectura transgeneracional podría contemplar ambas posibilidades: intentar reparar una historia haciendo exactamente lo contrario o permanecer vinculado a ella repitiendo, de alguna manera, el mismo patrón.
No significa que el abuelo determine la vida del nieto.
Significa que conocer nuestra historia puede ayudarnos a formular preguntas que quizá nunca nos habíamos hecho.
Tus límites hablan mucho de tus valores
Hay otra forma extraordinariamente práctica de empezar a descubrir nuestros valores:
observar aquello que nos molesta.
¿Qué comportamientos de los demás te irritan especialmente?
¿Qué situaciones te generan inmediatamente tensión corporal?
¿Qué cosas puedes negociar y cuáles sientes que no estás dispuesto a permitir?
Muchas veces, detrás de un límite encontramos un valor.
Si para mí la honestidad ocupa un lugar fundamental, probablemente la mentira active rápidamente mi malestar.
Si valoro muchísimo la libertad, determinadas conductas de control pueden resultarme especialmente difíciles.
Si uno de mis valores principales es el respeto, quizá determinadas formas de hablar me produzcan inmediatamente rechazo.
El límite aparece cuando sentimos que algo importante para nosotros está siendo vulnerado.
Pero conocer nuestros valores no es suficiente.
Hace falta valentía para vivir de acuerdo con ellos.
Porque defender un valor algunas veces implicará mantener una conversación incómoda.
Decir que no.
Salir de un lugar.
Terminar una relación.
Renunciar a una oportunidad.
Pedir ayuda.
O, ante situaciones graves que lo requieran, acudir a las autoridades o utilizar los mecanismos legales de protección disponibles.
Y ahí aparece una pregunta mucho más difícil que saber cuáles son nuestros valores:
¿Estoy dispuesto a asumir el coste de vivir de acuerdo con ellos?
Porque un valor que únicamente defendemos cuando no pone nada en riesgo todavía no ha sido verdaderamente puesto a prueba.
Los valores también son unas gafas
Me gusta imaginarlos también como unas gafas que llevamos puestas sin darnos cuenta.
Miramos el mundo a través de ellas.
Condicionan qué acontecimientos consideramos importantes, cómo interpretamos determinadas conductas, qué juzgamos como correcto o incorrecto y qué significado damos a muchas experiencias.
Y esa interpretación influye, a su vez, en nuestras emociones, nuestras sensaciones corporales, nuestras actitudes y finalmente nuestros comportamientos.
Dos personas pueden presenciar exactamente la misma situación y vivir experiencias completamente diferentes.
No necesariamente porque una tenga razón y la otra esté equivocada.
Quizá simplemente están mirando la misma realidad a través de dos jerarquías de valores diferentes.
Y nuestros valores también cambian
Nada permanece exactamente igual.
Nuestra vida cambia, nuestros vínculos cambian y nosotros también.
La idea de impermanencia, presente en distintas tradiciones filosóficas y espirituales, nos recuerda precisamente esto: todo está sometido al cambio.
Nuestros valores tampoco quedan necesariamente congelados a los veinte años.
Una enfermedad, una pérdida, convertirse en madre o padre, emigrar, enamorarse, divorciarse, atravesar una crisis económica o vivir una experiencia profundamente dolorosa puede reorganizar nuestra jerarquía.
Alguien que durante veinte años colocó el éxito profesional en primer lugar puede atravesar una enfermedad y descubrir que ahora la salud, el tiempo o la familia ocupan las primeras posiciones.
Y, desgraciadamente, algunas de las experiencias más dolorosas son también las que pueden reorganizar con mayor fuerza aquello que consideramos verdaderamente importante.
Quizá por eso conocernos no consiste únicamente en preguntarnos:
¿Cuáles son mis valores?
También merece la pena preguntarnos:
¿De dónde vienen?
¿Qué necesidad hay detrás de ellos?
¿Qué experiencias los hicieron tan importantes?
¿Qué parte pertenece a mi historia familiar y cultural?
¿Siguen representando a la persona que soy hoy?
Y, sobre todo:
¿Estoy viviendo de acuerdo con ellos o solamente digo que son importantes para mí?
Porque nuestros valores pueden ser la brújula.
Pero conocer la dirección que señala una brújula no sirve de mucho si después no tenemos la valentía de caminar hacia allí.
~ Cuti Loureiro ~
Sobre Cuti Loureiro
Soy terapeuta en Psicosomática Clínica y Humanista, Kinesiología Holística y acompañamiento emocional. Trabajo desde Vigo y también online, acompañando a hombres y mujeres que desean reconectar con su cuerpo, su alma y su propósito vital.
En cada sesión integro herramientas como la kinesiología holística, la terapia familiar sistémica, las constelaciones familiares y el enfoque energético y espiritual, facilitando procesos de sanación profunda y transformación interior.

