La comunicación consciente: el camino hacia las relaciones Ganar-Ganar

18.07.2026

Cuando las relaciones humanas no empiezan con una buena técnica de comunicación, sino con un cambio de conciencia

Durante casi treinta años he tenido el privilegio de recibir a miles de personas en consulta. Cada una llegaba con una historia diferente: problemas de pareja, conflictos familiares, dificultades con los hijos, situaciones laborales, síntomas físicos, ansiedad, tristeza, bloqueos o enfermedades.

Con el paso de los años empecé a darme cuenta de algo que se repetía una y otra vez: detrás de muchos de esos conflictos y del sufrimiento que generaban, había un denominador común: un problema de comunicación.

Y no me refiero únicamente a la comunicación con los demás. Es cierto que muchas de las dificultades aparecen en nuestros vínculos más importantes: con la pareja, con los hijos, con los padres, con los empleados, con los compañeros de trabajo o con nuestros jefes. Pero también existe otra comunicación mucho más silenciosa y, a menudo, mucho más determinante: la que mantenemos con nosotros mismos.

¿Cómo nos hablamos cuando cometemos un error? ¿Cómo interpretamos lo que nos ocurre? ¿Escuchamos lo que nuestro cuerpo intenta decirnos o solo le prestamos atención cuando aparece el dolor o la enfermedad? ¿Somos capaces de reconocer nuestras necesidades o vivimos intentando satisfacer las de los demás mientras ignoramos las nuestras?

Con el tiempo he comprendido que gran parte de nuestro bienestar depende de la calidad de esa comunicación, tanto la que mantenemos con los demás como la que mantenemos con nosotros mismos.

Me resulta significativo que pasemos una gran parte de nuestra vida comunicándonos y, al mismo tiempo, apenas hayamos recibido educación sobre cómo hacerlo de una manera realmente consciente. En la escuela aprendemos matemáticas, historia o idiomas. En la familia aprendemos, casi siempre sin darnos cuenta, la forma en la que nuestros padres se comunicaban entre ellos y con nosotros. Pero muy pocas veces alguien nos enseña a escuchar de verdad, a expresar nuestras necesidades sin atacar, a gestionar un conflicto o a crear relaciones en las que ambas partes puedan sentirse comprendidas y respetadas.

Quizá por eso, muchas personas no tienen un problema de falta de amor, de mala intención o de incompatibilidad. Lo que tienen es que nadie les enseñó a comunicarse desde la conciencia.


Hace unas semanas llegaron a consulta unos padres profundamente preocupados por su hijo adolescente. Me contaban que su hijo llevaba meses procrastinando, estudiando cada vez menos, incumpliendo muchas de las normas de casa y mostrando una actitud desafiante. Estaban convencidos de que el problema era él y querían encontrar la manera de "hacer que cambiara".

Sin embargo, a medida que avanzaba la conversación, empecé a observar algo que ocurre con mucha frecuencia en consulta. El hijo no solo estaba generando tensión en la relación con sus padres; también estaba poniendo de manifiesto las diferencias que existían entre ellos como pareja.

Él le reprochaba a ella que fuera demasiado permisiva, que no pusiera límites y que siempre terminara justificando al hijo. Ella, en cambio, le reprochaba a él que, debido a una enfermedad que le provocaba un dolor constante, pasara muchas horas ausente emocionalmente y que, cuando intervenía, lo hiciera desde el cansancio, la frustración y la rigidez. Además, sentía que era injusto con el hijo pequeño y que, de alguna manera, establecía comparaciones continuas con su hermano mayor.

Mientras cada uno intentaba convencer al otro de que tenía razón, ambos se iban alejando cada vez más. Y, sin darse cuenta, el verdadero motivo por el que habían acudido a consulta —ayudar a su hijo— iba quedando en un segundo plano.

En ningún momento vi a dos padres que no quisieran a su hijo. Vi a dos personas profundamente preocupadas, agotadas y asustadas, que intentaban proteger aquello que más amaban utilizando estrategias completamente diferentes.

 Los dos perseguían exactamente el mismo objetivo: querían ayudarle a convertirse en un adulto responsable y feliz. Sin embargo, la forma de intentar conseguirlo era tan diferente que habían terminado viéndose como adversarios en lugar de como compañeros de equipo.

Mientras les escuchaba discutir, me di cuenta de algo que observo con mucha frecuencia en consulta: en realidad, en aquella conversación no solo estaban presentes un padre, una madre y un hijo adolescente. También estaban presentes el niño que un día fue ese padre y la niña que un día fue esa madre.

Él había crecido en un ambiente donde educar significaba dureza. Había escuchado frases como "la letra con sangre entra", "quien bien te quiere te hará llorar" o "la vida es dura y hay que prepararse para ella". Los insultos, las comparaciones e incluso la violencia física formaban parte de una forma de educar que durante muchos años llegó a considerarse normal.

Sin darse cuenta, una parte de él seguía creyendo que querer a un hijo era exigirle, endurecerle y prepararle para una vida difícil.

Ella, por el contrario, había crecido viendo a una madre que vivía para los demás. Aprendió que una buena madre debía sacrificarse constantemente, que los hijos estaban en deuda con ella y que cuidar significaba entregarse sin medida.

Quizá por eso, sin ser plenamente consciente, había ido al extremo opuesto. Deseaba proteger a su hijo del esfuerzo, del sufrimiento y de la dureza que ella había visto durante su infancia. Y, además, al percibir que el padre conectaba con más facilidad con el hermano mayor, sentía la necesidad de compensar esa balanza acercándose todavía más al pequeño.

Ninguno de los dos estaba reaccionando únicamente a lo que hacía su hijo. Cada uno estaba reaccionando, en gran medida, a la historia que llevaba escrita dentro desde su propia infancia.

En psicología y en muchas corrientes terapéuticas solemos hablar del niño interior,  como esa parte de nosotros que aprendió muy pronto qué era el amor, cómo había que comportarse para sentirse aceptado y qué significaban palabras como esfuerzo, autoridad, protección o afecto.

Quizá el mayor cambio en nuestras relaciones no ocurre cuando aprendemos a hablar mejor, sino cuando dejamos de reaccionar desde el niño herido y empezamos a responder desde el adulto consciente y presente.

Si esto es así, entonces la siguiente pregunta es inevitable:

¿Cómo puedo empezar a relacionarme desde ese adulto consciente?

Durante muchos años pensé que comunicarse bien consistía en aprender a expresarse mejor. Hoy creo que eso es solo una pequeña parte. La verdadera comunicación comienza mucho antes de pronunciar una sola palabra.

Comienza cuando somos capaces de detener nuestro impulso automático de responder, defendernos, justificar nuestra postura o demostrar que tenemos razón. Comienza cuando decidimos escuchar.

Pero escuchar de verdad. No solo con los oídos. También con los ojos y con el corazón.

Escuchar con los ojos significa observar aquello que las palabras no dicen: el tono de voz, la expresión del rostro, la postura corporal, los ojos llorosos, el temblor de las manos, o incluso los silencios.

Escuchar con el corazón significa algo todavía más profundo: dejar de preparar mentalmente nuestra respuesta mientras el otro habla y empezar a preguntarnos qué estará viviendo esa persona para sentir la necesidad de expresarse de esa manera.

Cuando alguien levanta la voz, critica, exige, se enfada o se cierra en banda, solemos interpretar que nos está atacando. Y, desde esa interpretación, nuestra reacción casi siempre será defendernos o contraatacar.

Sin embargo, con el paso de los años he aprendido que, en la mayoría de las ocasiones, el enfado no es el verdadero problema. El enfado suele ser el lenguaje que utiliza una necesidad que lleva demasiado tiempo sin ser escuchada.

Detrás de una crítica puede haber una necesidad de reconocimiento.

Detrás de un grito puede haber una necesidad de sentirse visto.

Detrás del control puede esconderse el miedo.

Detrás de la exigencia puede haber inseguridad.

Y detrás del silencio, muchas veces, encontramos dolor.

Cuando somos capaces de mirar más allá de las palabras y empezamos a escuchar las necesidades que las sostienen, la conversación cambia por completo. Ya no estamos intentando ganar una discusión. Estamos intentando comprender a un ser humano.

Marshall Rosenberg, creador de la Comunicación No Violenta, explicó esta idea con enorme claridad al afirmar que detrás de toda conducta existe una necesidad que intenta ser satisfecha. Y mi experiencia en consulta me confirma una y otra vez que esto es profundamente cierto.

Pero hay algo que he aprendido y que considero todavía más importante: no puede existir un verdadero acuerdo si antes no existe una verdadera conexión.

Muchas personas intentan resolver el problema demasiado pronto. Buscan argumentos, soluciones o normas cuando el otro todavía no se siente comprendido.Es como intentar construir el tejado de una casa cuyos cimientos aún no existen.

Necesitamos que la otra persona experimente algo esencial: "Siento que me has entendido. Siento que ves mi dolor, mi miedo o mi necesidad, aunque no estés de acuerdo conmigo".

Solo entonces aparece lo que muchos terapeutas llamamos sintonía emocional. Y cuando dos personas logran encontrarse en ese lugar, el conflicto deja de ser una lucha entre dos enemigos para convertirse en un problema que ambos pueden resolver juntos.

Stephen Covey llamó a esta forma de relacionarse 'pensar en Ganar-Ganar'. Estoy convencida de que el Ganar-Ganar no es una técnica de negociación, es la consecuencia natural de dos personas que primero han conseguido encontrarse emocionalmente. Cuando ambas se sienten vistas, escuchadas y comprendidas, dejan de preguntarse “¿quién tiene razón?” y empiezan a hacerse una pregunta mucho más poderosa: “¿Cómo podemos cuidar tus necesidades sin dejar de cuidar también las mías?”

Y, aunque pueda parecer una idea sencilla, en realidad supone un cambio profundo en nuestra forma de entender las relaciones.Porque la mayoría de nosotros hemos aprendido justo lo contrario.

Imagina una escena muy habitual en muchas familias:

Un adolescente quiere que sus padres le compren el último modelo de móvil. Cuesta más de mil euros. Los padres consideran que no es un buen momento para hacer ese gasto. Además, creen que todavía no ha demostrado suficiente responsabilidad: ha suspendido varias asignaturas, apenas colabora en casa y no cuida especialmente las cosas que ya tiene.

Si ambos entienden la conversación como una batalla, solo existen varias maneras de afrontarla.

1-Ganar / Perder (“yo tengo razón, yo consigo lo mío, que el otro se adapte”. Muy frecuente en relaciones autoritarias)

El hijo insiste, presiona, compara con sus amigos, monta un enfado y, al final, los padres terminan comprándole el móvil para evitar más conflictos: el hijo consigue lo que quiere y los padres sienten que han cedido en contra de sus valores.

A corto plazo parece que todos ganan porque se acaba la discusión, pero en realidad uno ha ganado a costa del otro.

También puede ocurrir al revés.

Los padres dicen:

—“No. Se acabó la conversación”

No escuchan sus razones ni explican las suyas. El hijo se siente incomprendido y piensa que su opinión no importa.

En ambos casos alguien gana y alguien pierde.

2-Perder / Ganar (“ lo importante es que tú estés bien”. Personas complacientes que acaban acumulando resentimiento)

Los padres piensan: "No estoy de acuerdo, pero se lo compraré para que no se enfade."

O el hijo termina diciendo: "Da igual… ya sé que nunca me vais a escuchar."

Por fuera parece que hay paz. Por dentro empieza a crecer el resentimiento.

3-Perder / Perder (“si yo no gano tú tampoco”. Muy común tras divorcios, conflictos familiares o laborales)

El conflicto escala. Los padres responden:

—“ Pues ahora, además del móvil, este fin de semana tampoco sales”

El hijo contesta:

—“Pues entonces no pienso estudiar ni ayudar en casa”

Ninguno consigue lo que realmente desea. Los padres pierden la conexión con su hijo. El hijo pierde la confianza de sus padres. Y la relación sale más dañada que antes de empezar la conversación.

4-Ganar (“ solo me preocupo por mí, no me importa como acabes tú”)

Aquí una de las dos partes solo piensa en sus propios intereses.

El hijo solo quiere el móvil. Los padres solo quieren imponer su criterio. Nadie intenta comprender al otro.

5- ¿Y si ninguno tuviera que perder? Aquí es donde aparece la filosofía Ganar-Ganar.

En lugar de discutir únicamente sobre el móvil, los padres hacen una pregunta diferente:

—“Ayúdanos a entender qué significa para ti tener precisamente ese móvil”

Quizá el hijo responda:

—“Todos mis amigos lo tienen. Me siento el único que va con un móvil antiguo”

Los padres, a su vez, explican:

—“Nuestro problema no es el móvil. Nuestro problema es que nos cuesta premiar algo que todavía no va acompañado de responsabilidad. Nos gustaría que aprendieras que los derechos también van unidos a ciertos compromisos”

Ahora ya no hablan del móvil. Hablan de necesidades.

El hijo necesita sentirse integrado y reconocido dentro de su grupo. Los padres necesitan responsabilidad, compromiso y coherencia con los valores que quieren transmitir.

A partir de ahí pueden aparecer soluciones que antes no existían. Por ejemplo:

  • Comprar un modelo más económico.
  • Que el hijo ahorre una parte del dinero.
  • Acordar unos objetivos relacionados con los estudios o la colaboración en casa y revisar la decisión dentro de unos meses.
  • Buscar un móvil reacondicionado de alta gama.

No gana uno. No pierde el otro. Ambos sienten que sus necesidades han sido escuchadas.

6- ¿Y si no encontramos una solución? En este caso se propone lo que se denomina "Ganar-Ganar ò No hay trato" (si no encontramos una solución buena para ambos, preferimos no hacer el acuerdo. Es la forma más madura)

Hay ocasiones en las que, aun habiendo escuchado y comprendido las necesidades del otro, no existe una solución que ambas partes puedan aceptar. En nuestro ejemplo podría ser algo así:

Los padres le dicen a su hijo:

—“Entendemos perfectamente por qué ese móvil es importante para ti y agradecemos que nos hayas explicado cómo te sientes. Nosotros también queremos que disfrutes y que tengas cosas que te ilusionen. Sin embargo, en este momento no podemos ni queremos asumir ese gasto porque sería incoherente con nuestros valores y con la responsabilidad que queremos ayudarte a desarrollar”

Y añaden:

—“No queremos terminar esta conversación enfadados ni obligarte a aceptar algo que sientas como una derrota. Hoy no hemos encontrado una solución que nos haga sentir bien a todos. No pasa nada. Dejemos aquí la conversación y volvamos a hablar de ello dentro de unos meses, cuando quizá las circunstancias hayan cambiado”

No hay vencedores. No hay vencidos. Simplemente, todavía no existe un acuerdo que respete las necesidades de ambas partes.

A estas alturas del artículo quizá estés pensando: "Todo esto tiene mucho sentido, pero… ¿por dónde empiezo?"

Esa es exactamente la pregunta que más me hacen en consulta. Y siempre respondo lo mismo.

No intentes cambiar tu forma de comunicarte de un día para otro. Sería como pretender correr una maratón sin haber entrenado nunca.

La comunicación consciente no es una técnica. Es un entrenamiento.

Un entrenamiento diario que empieza mucho antes de una discusión importante. Empieza en las pequeñas conversaciones de cada día: con tu pareja, con tus hijos, con un compañero de trabajo, con la persona que te atiende en una tienda… e incluso con la voz que te habla a ti mismo cuando nadie más está escuchando.

Por eso me gustaría proponerte algo muy sencillo. No intentes practicar todo a la vez. Elige una sola actitud cada semana y conviértela en tu entrenamiento personal. No busques hacerlo perfecto. Busca hacerlo cada vez un poco más consciente.

Quizá puedas empezar por aprender a ESCUCHAR DE VERDAD. La próxima vez que alguien te hable, observa qué ocurre dentro de ti.

¿Estás realmente escuchando… o ya estás preparando tu respuesta?¿Estás intentando comprender… o convencer?

Haz un experimento. No respondas inmediatamente. Respira. Haz una pregunta más. Interésate sinceramente por lo que la otra persona está viviendo. Recuerda escuchar no solo con las orejas, sino también con los ojos y sobre todo con el corazón.

Te sorprenderá comprobar cuántas veces el otro no necesitaba un consejo. Solo necesitaba sentirse escuchado.

La semana siguiente puedes entrenar la EMPATÍA.

Cada vez que alguien reaccione de una manera que no entiendas, en lugar de preguntarte: "¿Qué le pasa?", prueba a preguntarte: "¿Qué necesidad puede estar intentando proteger?" “¿Si en vez de ver un ataque, quisiera ver una petición de amor o de ayuda, cuál seria esa petición?” “¿Cuál es el miedo que esconde esta reacción?”

No significa darle la razón. Significa intentar comprender el mundo desde sus zapatos durante unos minutos.


La empatía nunca debería implicar renunciar a uno mismo. Comprender las necesidades del otro es imprescindible, pero una relación solo puede ser verdaderamente Ganar-Ganar cuando también somos capaces de expresar con honestidad y respeto nuestras propias necesidades. Ahí es donde entra en juego LA VALENTÍA:

La Comunicación No Violenta no consiste en ser amable. Consiste en ser honesto y empático al mismo tiempo.

Es decir:

  • Expresar con claridad lo que siento.
  • Expresar con claridad lo que necesito.
  • Hacer una petición concreta.
  • Sin culpar, atacar o exigir.

Eso es un acto de valentía!!

He visto en consulta a muchos consultantes que creían ser muy “buenas personas”, consideradas, empáticas, etc, pero en realidad, lo que ocurría es que tenían muchísimo miedo al conflicto. Callaban, cedían, se adaptaban y justificaban continuamente al otro. No porque esa fuera su elección consciente, sino porque sentían que decir "no", poner un límite o expresar una necesidad podía poner en peligro la relación : eso no es empatía. Eso es miedo.

Después puedes entrenar otra capacidad que considero fundamental: LA CREATIVIDAD 

Cuando hablamos de creatividad, muchas personas piensan en pintar, escribir o inventar cosas nuevas. Sin embargo, en las relaciones humanas la creatividad significa algo muy diferente.

Significa dejar de pensar que solo existen dos opciones. La mayoría de nosotros vivimos atrapados entre dos posibilidades: o gano yo o ganas tú. Y, curiosamente, es ahí donde se bloquean casi todos los conflictos.

Pero las mejores soluciones casi nunca aparecen al principio de una conversación. Aparecen cuando dejamos de defender nuestras posiciones y empezamos a buscar juntos una tercera posibilidad que cuide las necesidades de ambas partes.


La creatividad requiere el coraje de dejar ir las certezas." ~Erich Fromm~

En consulta suelo proponer un ejercicio muy sencillo.

Cuando una pareja, unos padres o dos compañeros de trabajo me dicen:

"No hay otra opción."

Les invito a hacer una pausa. A dar un paso atrás. Y les pregunto:

"Imaginad que este conflicto no fuera vuestro, sino de dos personas a las que queréis mucho. ¿Qué soluciones se os ocurrirían?"

Curiosamente, en ese mismo instante empiezan a aparecer posibilidades que cinco minutos antes parecían invisibles. ¿Por qué?

Porque dejan de defender su postura y empiezan a pensar desde un lugar mucho más amplio.

Creo que aquí es importante recordar algo.

Cuando, en medio de una discusión, alguien afirma: "No hay otra opción", muchas veces no está hablando el adulto consciente. Está hablando esa parte infantil de nosotros que se siente atrapada, asustada o amenazada. Cuando éramos niños, realmente teníamos muy pocas opciones. Dependíamos completamente de nuestras figuras de apego para sobrevivir. No podíamos cambiar de familia, negociar con nuestros padres o marcharnos de casa. Para un niño, muchas veces la única opción era adaptarse a la realidad que le había tocado vivir, aunque eso significara callar lo que sentía, reprimir sus necesidades o desarrollar estrategias para conservar el vínculo con quienes cuidaban de él.

Por eso, cuando hoy un conflicto despierta ese mismo estado interno, es fácil que nuestra mente vuelva a funcionar como entonces. Dejamos de explorar posibilidades y empezamos a creer que solo existe una salida. No porque realmente sea así, sino porque esa fue la forma en la que nuestro sistema nervioso aprendió a protegernos cuando éramos pequeños.

El adulto consciente, en cambio, recuerda que ya no está atrapado. Puede detenerse, respirar y preguntarse:

"Aunque ahora mismo no sea capaz de verla, ¿qué otras posibilidades existen para cuidar de la mejor manera posible las necesidades de todas las personas implicadas?"

Consiste en abrir la mente lo suficiente como para descubrir soluciones que el conflicto, el miedo o el orgullo nos impedían ver.

La próxima vez que te encuentres bloqueado en una discusión, no intentes resolverla inmediatamente. Haz una pausa y pregúntate:

  • ¿Y si existiera una tercera opción que todavía no estoy viendo?
  • Si este problema fuera de otra familia, ¿qué les aconsejaría?
  • ¿Qué solución permitiría que todos saliéramos un poco mejor de esta conversación?

La creatividad no consiste en tener más imaginación, consiste en dejar de mirar el conflicto desde el miedo y empezar a mirarlo desde la libertad ~Cuti Loureiro ~

Y, por último, hay un entrenamiento que considero imprescindible y que, curiosamente, casi nunca aparece en los libros de comunicación: APRENDE A OBSERVARTE

Cada vez que una conversación despierte una emoción muy intensa, antes de señalar al otro, hazte una pregunta:

"¿Qué parte de mi historia se ha activado en este momento?"

Muchas veces descubriremos que no estamos reaccionando solo a lo que acaba de ocurrir. También estamos reaccionando a heridas antiguas, a miedos aprendidos o a necesidades que llevan mucho tiempo esperando ser escuchadas.

Hay una idea que ha transformado profundamente mi manera de entender las relaciones y que también he encontrado muy bien explicada por Yvonne Laborda.

Muchas veces creemos que reaccionamos a lo que la otra persona nos está pidiendo en este momento. Pero, si nos detenemos a observarnos con honestidad, descubrimos que en algunas ocasiones nuestra reacción es mucho más intensa de lo que la situación justificaría.

¿Por qué ocurre eso?

Porque, a veces, la petición del otro toca una herida que ya estaba dentro de nosotros.

Quizá tu hijo te pide paciencia…Y tú descubres que la paciencia fue precisamente algo que nunca recibiste cuando eras pequeño.

Quizá tu pareja necesita que la escuches sin juzgar…Y te das cuenta de que tú creciste sintiéndote poco escuchado.

Quizá alguien necesita comprensión, afecto, reconocimiento o ternura…Y, sin darte cuenta, aparece una voz interior que dice: "¿Cómo voy a darte algo que nadie me dio a mí?"

Creo que muchas de nuestras reacciones nacen ahí. No porque seamos malas personas. Sino porque hay partes de nosotros que todavía siguen esperando recibir aquello que un día necesitaron y no encontraron.

Por eso, antes de intentar responder desde el enfado o desde la culpa, merece la pena detenerse unos instantes y hacerse una pregunta: “¿Qué parte de mí está reaccionando en este momento?”

Y, si descubres que detrás de esa reacción hay un niño o una niña que sigue necesitando escucha, protección, reconocimiento, ternura o seguridad, no lo juzgues. Acércate a él con la misma compasión con la que abrazarías a cualquier niño que estuviera sufriendo. Porque solo quien empieza a cuidar sus propias heridas puede dejar de exigir que los demás las curen.

Y aquí quiero compartir una reflexión que me emociona profundamente: Sí, es verdad que duele ofrecer aquello que uno nunca recibió. Duele escuchar cuando nadie te escuchó. Duele comprender cuando nadie te comprendió.Duele sostener cuando a ti nadie te sostuvo.

Pero también he comprobado una y otra vez, tanto en mi propia vida como en la consulta, que ocurre algo extraordinario:  precisamente aquello que más duele dar, cuando nace de una elección consciente y no de la obligación, muchas veces termina convirtiéndose en una de las experiencias que más nos sanan.

Convertir la comprensión en acuerdos

Hasta ahora hemos hablado de la escucha, la empatía, la valentía y la creatividad. Sin embargo, incluso cuando dos personas consiguen comprenderse de verdad, todavía queda un paso muy importante: Convertir esa comprensión en acuerdos claros.

Stephen Covey insistía mucho en este aspecto y, cuanto más tiempo llevo acompañando a familias, más importante me parece. Muchas veces los padres creen que sus hijos saben perfectamente lo que esperan de ellos. Y los hijos creen que sus padres cambian continuamente las normas.

Curiosamente, ambos suelen tener parte de razón. No porque unos quieran controlar y los otros desobedecer. Sino porque viven de expectativas que nunca han sido realmente habladas.

Un padre dice:

—"Quiero que seas más responsable."

Pero… ¿qué significa exactamente ser responsable?

Para un hijo puede significar sacar un cinco y aprobar el curso. Para un padre puede significar estudiar una hora y media al día, colaborar en casa y cumplir con los horarios.

Como nunca se concreta, cada uno cree que el otro está incumpliendo. Y aparece el conflicto.

Lo mismo ocurre cuando decimos:

—"Quiero que ayudes más en casa."

¿Más cuánto? ¿Haciendo qué? ¿Cada día? ¿Solo los fines de semana? ¿Quién decide si realmente lo está cumpliendo?

Sin acuerdos claros, la convivencia termina convirtiéndose en una sucesión de discusiones sobre cosas que nunca llegaron a definirse.

Por eso, una relación Ganar-Ganar necesita acuerdos construidos entre todos: no impuestos, no ambiguos, no cambiantes.

Pensemos en el ejemplo inicial: Un adolescente quiere un móvil nuevo de última generación. Sus padres consideran que todavía no es el momento porque sienten que no ha demostrado suficiente responsabilidad.

Lo más fácil sería decir simplemente:

—"No."

O, por el contrario:

—"Está bien, te lo compramos para que no te enfades."

Pero ninguna de esas dos opciones ayuda realmente a crecer. Una conversación consciente podría terminar en un acuerdo como este:

—“Durante los próximos tres meses asumirás tres compromisos: estudiarás cada tarde el tiempo acordado, colaborarás en determinadas tareas de casa y cuidarás el móvil que tienes actualmente.

—“Nosotros, por nuestra parte, nos comprometemos a dejar de compararte con tu hermano, reconocer el esfuerzo que hagas aunque todavía no sea perfecto y revisar juntos este acuerdo dentro de tres meses”

Fíjate en un detalle importante. El acuerdo no solo cambia el comportamiento del hijo.También cambia el de los padres. Porque una familia no funciona cuando solo uno tiene obligaciones. Funciona cuando todos asumen responsabilidades.

Hay  cinco elementos que sostienen una relación Ganar-Ganar y, con los años, he comprobado que todos siguen teniendo muchísimo sentido.

El primero es el CARÁCTER 

No puede existir una relación sana sin honestidad, coherencia, responsabilidad y respeto.

El segundo son las RELACIONES 

Los acuerdos solo funcionan cuando existe confianza. Si una persona siente que continuamente va a ser juzgada, comparada o humillada, dejará de colaborar y empezará simplemente a defenderse.

El tercero son los ACUERDOS

Para mí, probablemente el más importante en la vida familiar. Los buenos acuerdos responden siempre a preguntas muy sencillas.

¿Qué esperamos exactamente? ¿Qué se compromete a hacer cada uno? ¿Cómo sabremos que lo estamos cumpliendo? ¿Qué ocurrirá si alguno no cumple? ¿Y cuándo volveremos a sentarnos para revisar el acuerdo?

Porque un buen acuerdo nunca es una sentencia. Es un compromiso vivo que puede modificarse cuando la familia también cambia.

El cuarto elemento son los SISTEMAS

Los hijos aprenden mucho menos de lo que les decimos que de lo que nos ven hacer. No podemos pedir respeto mientras gritamos. No podemos exigir sinceridad si castigamos cada vez que nos dicen la verdad. No podemos pedir responsabilidad si resolvemos constantemente todos sus problemas. Nuestros hijos escuchan nuestras palabras. Pero, sobre todo, observan nuestros comportamientos.

Y, por último, están los PROCESOS

Ninguna relación cambia por una sola conversación. Ni un hijo madura por una única charla. Ni una pareja aprende a comunicarse en una tarde. Las relaciones cambian gracias a cientos de pequeñas conversaciones en las que cada día decidimos escucharnos un poco mejor, comprendernos un poco más y volver a intentarlo cuando nos equivocamos.

Y quizá aquí esté la mayor enseñanza que me llevo después de tantos años acompañando a personas:

Las relaciones no mejoran porque aprendamos frases bonitas. Mejoran cuando dejamos de luchar por tener razón y empezamos a preguntarnos qué necesita realmente la persona que tenemos delante… sin olvidar qué necesitamos también nosotros.

Y, cuando eso ocurre, sucede algo maravilloso. Dejamos de ser dos personas enfrentadas intentando ganar una discusión. Y empezamos a convertirnos en dos seres humanos sentados en el mismo lado de la mesa, intentando resolver juntos el mismo problema.

Quizá ese sea, para mí, el verdadero significado de una relación Ganar-Ganar.

¿Y tú? ¿Qué conversación importante podrías empezar de una manera diferente hoy? Quizá con tu pareja. Quizá con tu hijo. Quizá con tus padres. O, tal vez, la conversación que más necesita cambiar sea la que mantienes contigo mismo cada día

Si mientras leías este artículo has sentido que algunas de estas situaciones se parecen demasiado a lo que estás viviendo en este momento, quizá no necesites más información. Quizá necesites un espacio tranquilo donde poder comprender qué está ocurriendo realmente y aprender nuevas formas de relacionarte contigo mismo y con las personas que más quieres.

Ese es precisamente el trabajo que realizamos cada día en consulta.

Cuti Loureiro 

Terapeuta en Psicosomática Clínica y Humanista 





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Sobre Cuti Loureiro
Soy terapeuta en Psicosomática Clínica y Humanista, Kinesiología Holística y acompañamiento emocional. Trabajo desde Vigo y también online, acompañando a hombres y mujeres que desean reconectar con su cuerpo, su alma y su propósito vital.

En cada sesión integro herramientas como la kinesiología holística, la terapia familiar sistémica, las constelaciones familiares y el enfoque energético y espiritual, facilitando procesos de sanación profunda y transformación interior.